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21 de julio de 2025

Cambiar no duele… resistirse sí

Desde tiempos remotos, el cambio ha sido una constante observada y reflexionada por sabios, filósofos y científicos de diversas culturas. A pesar de que hoy lo asociamos muchas veces con crisis o inestabilidad, en realidad, el cambio ha sido entendido como parte esencial del desarrollo de la vida.

En la antigua Grecia, el filósofo Heráclito (siglo VI a.C.) afirmaba que “todo fluye, nada permanece”. Su visión se centraba en la idea de que el universo está en constante movimiento, y que resistirse al cambio era tan inútil como intentar detener el curso de un río. Para él, el cambio no era algo excepcional, sino una ley natural que rige todo lo existente.

Siglos después, el naturalista Charles Darwin (1809–1882) sostuvo que las especies que sobreviven no son las más fuertes, sino las que mejor se adaptan al cambio. En su teoría de la evolución por selección natural, el cambio se convierte en motor de desarrollo, y no en una amenaza. Desde esta perspectiva, resistirse al cambio puede significar perder la capacidad de avanzar, de evolucionar o incluso de permanecer.

El psiquiatra suizo Carl Jung (1875–1961), desde un enfoque psicológico, consideraba que el cambio es indispensable para la individuación, es decir, el proceso por el cual una persona se convierte en quien realmente es. Jung entendía que muchas veces el malestar psíquico aparece no por el cambio en sí, sino por la resistencia a lo nuevo o el apego a una identidad que ya ha cumplido su ciclo.

Si observamos la naturaleza, comprobamos que el cambio no solo es inevitable, sino sabio. Las estaciones se suceden sin conflicto. Los árboles sueltan sus hojas en otoño sin aferrarse. Los ríos no dudan al cambiar su cauce. Todo en la naturaleza obedece a ciclos de transformación necesarios para regenerar, liberar y dar lugar a lo nuevo.

A diferencia de los humanos, la naturaleza no resiste: simplemente se adapta. Su sabiduría radica en comprender que cada etapa cumple una función y que, una vez cumplida, es momento de pasar a la siguiente.

¿Entonces por qué nos resistimos?

A pesar de que el cambio es inherente a la vida, muchas veces genera miedo, incomodidad o angustia. Esto ocurre porque el cerebro humano está programado para buscar seguridad y predecibilidad. Lo desconocido representa un “riesgo”, incluso si es una oportunidad.

Además, a nivel cultural, nos enseñaron a asociar la estabilidad con éxito y a ver el cambio como una pérdida de control. Sin embargo, en la práctica, la vida misma nos demuestra que todo cambia constantemente: nuestro cuerpo, las relaciones, los proyectos, las ideas y hasta nuestras prioridades.

Aceptar el cambio no significa resignarse. Significa abrirnos a la posibilidad de que algo diferente puede traer un aprendizaje, una renovación o incluso una solución inesperada. Cuando dejamos de resistir, dejamos de gastar energía en el miedo, y esa energía empieza a moverse hacia la creatividad, la acción o la transformación.

Cambiar no duele… resistirse sí

La frase que da nombre a este artículo no es solo una idea bonita: es una realidad biológica, emocional y existencial. El dolor que sentimos muchas veces no viene del cambio en sí, sino de intentar sostener algo que ya caducó, de postergar decisiones, de ignorar señales o de quedarnos quietos cuando todo dentro de nosotros grita “¡muévete!”.

Aceptar el cambio es también un acto de amor propio y de confianza en la vida.

No hace falta hacer grandes movimientos. El cambio verdadero empieza por pequeñas decisiones: dejar un hábito que ya no suma, atreverte a decir lo que callas, abrir una conversación pendiente, animarte a un sí… o a un no. Lo importante es moverse, aunque sea un paso a la vez.

La vida no se detiene, tú tampoco tienes por qué hacerlo.

Rozé

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