Durante siglos, el ser humano ha buscado respuestas sobre su origen, su propósito y el sentido de la vida. Se nos enseñó a mirar hacia afuera, a buscar metas, títulos, validación y éxito. Se nos dijo que éramos un cuerpo, una mente, una personalidad que debía ganarse su lugar en el mundo. Pero hoy, estamos recordando una verdad que transforma todo: no tenemos un alma, somos un alma.
Un fragmento energético que elige experimentar distintas formas de vida para evolucionar, aprender, sanar y expandirse. La alma consciencia, inteligencia, historia, memoria, talentos, heridas, acuerdos. Y aunque encarna en diferentes cuerpos y tiempos, sigue siendo tú.
Muchas tradiciones como la tibetana, la gnóstica, la tolteca o la indígena andina hablan del alma como una energía viva que viaja, recuerda, elige y trasciende. El alma no está atrapada, sino en constante movimiento y creación. No castiga, no juzga, ella sólo experimenta y aprende.
El alma no viene siendo un lienzo en blanco. Antes de nacer, elige un mapa: una familia, una fecha, un nombre, unas circunstancias y unos aprendizajes.
En esa elección no hay castigo, sino oportunidad, porque incluso en las experiencias más difíciles puede esconderse una clave de liberación y expansión. Nada es al azar: todo forma parte del plan sagrado del alma.
Y aunque a veces en el camino olvides quién eres, tu alma guarda la memoria. Está en tu cuerpo, en tu voz, en tus sueños y en tus talentos... Siempre está llamándote a recordar, una y otra vez.
El propósito no es una carrera, un cargo o una etiqueta. Es un estado del alma en expresión. Es eso que vienes a recordar, a compartir, a iluminar. Es tu verdad interior manifestándose con autenticidad.
La misión de tu alma es que seas tú. Un ser con amor, verdad y consciencia. Cuando recuerdas quién eres, inspiras a otros a hacer lo mismo. Cuando honras tu verdad, elevas la vibración del mundo.
No necesitas hacer algo “grande”. Necesitas vivir con presencia y propósito lo que haces. Necesitas hacerlo desde el alma.
ROZÉ